Ahora, que se nos acaba de marchar Eloy y le recordamos
todos con cariño, he buscado a Julián en la “nube” de internet y apenas si he
encontrado nada de él en la “nebulosa” rara ésta. Sin duda hace ya mucho tiempo
que se nos fue, porque no dejó rastro en internet. Pero ello no significa que
no nos dejara su perfume de buena gente y el recuerdo de ser un magnífico
amigo. Yo estuve con él, cuando de repente, se nos fue sin que los médicos de
su empresa “Hospital Reina Sofía” pudieran hacer nada. Aquello empezó con un
simple resfriado. Parecía una broma que tanto médico sabio como tenía alrededor
de él no pudieran hacer nada. Alrededor de su familia viví aquella tragedia que
me marcó mucho en aquel tiempo. Su madre, a la que nuestra promoción adoraba por su simpatía, me comunicó que habían
instituido una “Beca” de estudios sobre administración hospitalaria que llevaba
el nombre de Julián. Mira por donde, ha sido hoy, en internet, cuando me he
enterado el cargo que tenía en Reina
Sofía… porque yo iba allí a ver a Julián… y nunca supe el cargo que ocupaba.
Así de entrañable era Juliancho o así era nuestra amistad. Teníamos bastantes
contactos. Cuando yo iba a Córdoba de gestiones, solía ir a tomar café con él,
pero era pura amistad. Es verdad que nos consultamos muchas cosas técnicas,
pero resolvíamos y después charlábamos de nuestras cosas, de nuestros
recuerdos, de todos vosotros, en fin… ya conocíais a Julian, jovial y
simpático, daba gusto estar con él.
Solo dos recuerdos de cariño.
El primero. Una noche me telefoneó a casa para
proponerme que diera un curso a los
compradores del hospital, que eran una veintena de empleados con
responsabilidades muy importantes en las compras. Me dio unas nociones de lo
que quería y pasamos a charlar de otras cosas. Se acercaban los días y a duras
penas, entre claros de mis viajes y ocupaciones, pude hacer un esquema de las
clases que tenía que impartir. Yo ya estaba tranquilo cuando por la noche, Julián se ocupó de contrastar el
temario y me telefoneó a casa. Le conté todo lo que íbamos a desarrollar y
exclamó…”! Pero si eso ya se lo he dado yo¡… Lo que yo pretendía era que les
dieras unas clases prácticas.” Con aplomo yo le dije… No hay problema, mañana
nos vemos temprano en tu despacho y tomamos café. Yo no sé si Julián pudo dormir aquella noche
pero yo no sabía lo que hacer. A la mañana siguiente me fui a fábrica, cogí
unas cajas de “Bizcochón Casero”, que era un producto que yo había sacado al
mercado y un montón de tarjetas de visitas. Me puse la chaqueta y fui a dar las
clases a Reina Sofía. Cuando Julián me vió con las cajas de magdalenas en la
Gerencia de Reina Sofía, como después me contó, le entró el pánico en el cuerpo
y no fiándose de mí, pasó como un alumno más a clase, sin duda para ayudarme en
caso necesario. Entré a clase con mi chaqueta y cargado de cajas litografiadas
con el nombre del producto y de mi empresa. Tras los buenos días, repartí una
tarjeta de visita a cada uno de los alumnos que estaban con los pupitres en “U”,
de manera que el contacto era directo con todos ellos. Después de presentarme
yo y a mi empresa, pasé a presentar el “producto especial que fabricábamos para
enfermos”. Como yo tenía los análisis organolépticos y los análisis
farmacológicos del laboratorio, les abrumé con todo aquello y su riqueza
proteínica. Recuerdo que les dije que mi bizcocho estaba entre las calorías de
un plato de garbanzos y las proteínas de un plato de pescado. Les hice ver que
un enfermo desganado, con un trozo de mi bizcocho y un vaso de leche estaba
alimentado y tras la sanación. Y como yo estaba tan convencido, abrí las cajas
de bizcochones de medio kilo (encima… piezas grandes) y les hice probar a
todos. En menos de un minuto estaban los alumnos compradores de Reina Sofía
comiendo bizcochos normales y probando los rellenos de chocolate, de fresa y de
vainilla. Todos querían probar los sabores y los alumnos se volvieron
participativos. Entonces… el tamaño… Mi respuesta: Cuando dais en planta a los
enfermos, esas galletitas envueltas en paquetitos profilácticos… ninguna
enfermera ve los rieles de las máquinas empaquetadoras, llenas de pegotes de
azúcar y suciedad, con millones de gérmenes nocivos. Hacemos una pieza grande
porque del molde sale directo a la bolsa de polipropileno biorientado especial
y en planta, la enfermera puede cortar con la mano metida en un guante, la
porción necesaria. Más asepsia… imposible.
De ésta manera, comiendo y razonando, les vendí la idea de que
mi empresa, corbobesa y con amplia experiencia en el mercado nacional de la
pastelería, se había empeñado en hacer el mejor producto posible para los
enfermos. Que lo estaban comprobando ellos mismos. Que un equipo de gente
estaba al otro lado del teléfono de la tarjeta de visita muy cerca de allí,
para colaborar en la alimentación del pobre enfermo. Y no sé cuántos rollos más
les metí. Julián, al final de la clase, mantenía los ojos como platos. Yo creí llegado el momento de desvelar la
farsa y les descubrí la realidad de quienes éramos y lo que vendíamos. Que
aquello era una clase de “práctica de ventas – compras”, donde lo importante
era presentarse la persona, presentar la empresa y dar a conocer el producto,
con credibilidad. Y desde el punto de vista del comprador,… entonces desplegué
en la pizarra una rejilla de compras y tomaron todos aplicada nota, escribiéndolo
todo en sus cuadernos. Al final, los
alumnos seguían pensando que el producto era bueno para los enfermos, que donde
se vendía, que el nivel de proteínas… la clase, que duró un par de horas,
terminó y Julián relajado con una media sonrisa hablaba con los alumnos y me
miraba de reojo queriéndome… o matar… o darme un abrazo. Con el tiempo me dijo
que aquella, era la única clase que recordaban los alumnos.
El segundo. Por aquellos días visitaba mucho los distintos
ministerios para la obtención de permisos y licencias… también en busca de
subvenciones para una empresa de trajes de comunión que estaba montando a un
amigo de Puente Genil, llamada Fedelsur. Un día que iba con el empresario, nos
llegamos a tomar café con Julián, pero se me ocurrió una maldad. Le dije a mi amigo que le diera una
tarjeta suya a la secretaria de Julián para que nos recibiera. Y le dijo que
veníamos a vender los trajes de comunión a Reina Sofía. Por eso queríamos
hablar con el Jefe.
Fedelsur, era el acrónimo de Féretros del Sur, de los que el
sur de Córdoba es el segundo productor nacional, y Fedelsur es la segunda
empresa de España en su género. Naturalmente, los trajes de comunión son… ataúdes. La secretaria de Julián, entre el estupor y
la sorpresa, entraba y salía del despacho sin saber muy bien lo que hacer,
porque naturalmente allí no compran ataúdes. Además el tema de la compra se las
trae. Yo sabía que si nos empeñábamos,
la humanidad de Julián seguro que nos iba a atender. Y efectivamente nos
atendió. Yo deje entrar a mi amigo primero que, él iba tranquilo porque veía el
nivel de amistad que teníamos al obrar así. Con la mano extendida saludando a
Julián estaba, cuando entré yo en el despacho. Al verme, Julián estalló en diciendo
que se imaginaba que era yo. Solo queríamos tomar cafelito, que es una forma
cordobesa de verse y saludarse.
Antes de trabajar Julián en Reina Sofía, trabajamos juntos
en Mercorsa y compartimos durante un año viajes a Extremadura y comidas y
hoteles. Miles de buenos recuerdos tengo
de Julián, igual que todos nosotros, y
he querido dejar aquí alguno de ellos. Ahora sí pasarán estos recuerdos a la “nube”.
jerónimo